Soy uno de cada cinco.

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Llevaba semanas queriendo escribir sobre esto. Pero no sabía muy bien cómo aproximarme, cómo contarlo, cómo poner por escrito todo lo que sentía y se me pasaba por la cabeza.
Y lo seguía y seguía postergando.

Como ya os dije, el año pasado fue difícil. No sé muy bien cómo pasó. O quizá sí, pero preferí mirar hacia otro lado mientras la situación fuese “soportable”. Fuera como fuese, en algún momento del año empecé a notarme a medio gas. Tenía días que me resultaban especialmente pesados, o me encontraba triste sin razón aparente.

Ya he padecido previamente un episodio de depresión y sabía cómo era. Además, yo ya la había superado hace muchos años. Así que pensé que sólo estaba teniendo días tontos, puntuales. La tristeza es un sentimiento lícito, y sabía que después de esos días, llegan días mejores.

Pero algunos días tontos empezaban a ser días angustiosos. Y pasaban de ser puntuales a ser relativamente frecuentes.

Con todo y con eso, intenté seguir teniendo las riendas de todo, incluidas mis emociones (como si las emociones se pudieran controlar). E ir manejando y resolviendo todos los frentes abiertos de la mejor manera posible.

Dedicaba 12 horas diarias a trabajar; salía de casa a las 8:00 de la mañana, tardaba una hora en llegar a la oficina, estaba allí 9 horas, que siempre eran algo más, y acaba llegando a casa a las 20:00 de la tarde. Llevaba así desde finales de 2016 y no tenía tiempo ni de poner una lavadora en condiciones. Así que, cuando vi que empezaba a pesarme demasiado, hablé con mi jefe y acordamos que hiciese la mitad de mi jornada desde casa. Genial, una cosa menos.

Durante el año han pasado otras cosas, en mi entorno familiar que son un buen marrón en términos generales. No voy a entrar en detalles, pero al final eran también cosas que acababan vampirizando la energía de una forma u otra, pero lamentablemente estaba fuera de mi alcance el poder resolverlas. Así que asumí que no eran mi responsabilidad. Otra cosa menos.

Fran sigue en Las Palmas. Y la distancia pesa. Nos vemos bastante a menudo pero, evidentemente, nos gustaría vernos más. Por eso está haciendo todo lo posible para poder trasladarse a Madrid. La burocracia del traslado no es asunto nuestro, así que, una vez más, si no puedo controlarlo, no debe pesarme. Sólo tengo que ser paciente.

En resumidas cuentas, la teoría estaba aplicada a la perfección. Todo el manual anti-angustia aplicado y yo esquivando cornadas.

Pero a veces la teoría no es suficiente, y seguía encontrándome cada vez peor y peor.

El mes de diciembre fue horrible. En mi empresa estábamos cambiando de oficinas y durante el mes estábamos trabajando desde casa. Día sí, día también, me encontraba a mí mismo, sentado delante del ordenador, llorando. Totalmente incapacitado, no era capaz de tomar decisión alguna, de hacer alguna tarea a derechas. Miraba correos y correos y no sabía ni lo que leía. La angustia era tal que hasta me dolía el pecho a veces. No podía concentrarme ni hacer las tareas más sencillas correctamente.

A nivel personal, había llegado a un nivel alto de dejadez; llevaba casi tres meses sin cortarme el pelo. Se me habían ido rompiendo pantalones y llegué a un punto en que sólo me quedaba uno que podía ponerme. Y me daba igual. Y lo mismo con cocinar o prepararme algo decente para comer. Tiraba de preparados y de escarbar en la nevera y los armarios. No me apetecía salir ni ver a casi nadie.

Y el mes avanzaba y con él, mi malestar. o bien no dormía bien por las noches, y cuando lo hacía, no me despertaba con la sensación de haber descansado, o caía inconsciente en la cama de puro agotamiento. El menor contratiempo, ya fuese tener que llevar a la perra al veterinario porque tenía diarrea, o llamar al casero porque nos había llegado una factura que no era nuestra, me generaba una inquietud y un nerviosismo insoportables. En navidades, ya casi no podía comer. Tenía el estómago cerrado por la angustia que sentía. En nochebuena aprovechaba los paseos de Sookie para llorar mientras caminábamos y que mi familia no me viese llorando.

Ahí ya decidí que era hora del ir al médico. Me recetó los pertinentes antidepresivos y ansiolíticos y me propuso cogerme la baja. En ese momento gente de mi equipo estaba de  vacaciones y no quería estropear las navidades de nadie, así que no la cogí. Esperando que la medicación me ayudase a retomar un poco el ritmo.

Pero no, pasado Reyes tuve que coger la baja, porque ya no podía más, estaba exhausto.

Y aquí estoy y aquí sigo. En casa de baja.

Esta es la que podemos llamar la cara “sintomática” de lo que me ha pasado y de estar deprimido. Luego está la otra. La de los pensamientos, los tormentos, el “run run”.

El cogerte la baja con miedo porque piensas que quizá tus jefes no lo entiendan o que tus compañeros te critiquen por tener que hacerse cargo de tu trabajo mientras tú estás en casa “descansando”.

La sensación de inutilidad por no ser capaz de hacer las cosas más básicas o sobrellevar de una manera decente lo que (parece) el resto de la gente hace con total facilidad.

La asfixia por ver que estás metido en un bucle en el que no quieres estar y no sabes cómo carajo salir de él.

El sentirte idiota cada vez que alguien, con la mejor de las intenciones, intenta animarte de la mejor manera que puede y tú te sientes estúpido por no ser capaz de ver las cosas de una manera tan sencilla. 

El miedo a que tu cita (dentro de dos meses) en Salud Mental sea como aquella que tuviste hace tantos años que se redujo a “tienes que tomar medicación hasta que estés mejor y adiós muy buenas”. Por parte de un psiquiatra que ni se molestó en mirarte mientras te hablaba los 5 minutos que estuviste en su consulta.

El pánico a que, ya que has estado deprimido dos veces, puede que tengas “cierta tendencia” y esto pueda convertirse en algo cíclico.

El obligarte a salir de la cama aunque te cueste tanto como hacer tres saltos mortales.

Este bucle:

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La frustración por la incapacidad de explicar cómo te sientes porque no eres capaz de explicártelo ni a ti mismo.

No reconocerte y entrar en pánico pensando que quizá éste vaya a ser “tu nuevo yo”.

El puto tener que estar feliz siempre, a toda costa, porque es lo que hay que ser.

La vergüenza de tener que explicar por qué estás de baja.

Los comentarios y miradas después de explicar por qué estás de baja.

Y esto os lo cuento yo, que sé de sobra que la depresión es una enfermedad más, de la que no hay que avergonzarse y que, como cualquier otra, requiere tiempo, tratamiento y trabajo. Imaginad alguien que esté en el otro lado; el de la gente que no se permite estar triste, el de la gente que no quiere admitirlo, el de la gente que no es capaz ni de darse cuenta.

Ayer vi, por casualidad en Twitter, que el programa de Salvados de este domingo fue precisamente de esto, de la depresión y del estigma que la acompaña. Y me pareció una casualidad guay, y además, mi querido Iván Ferreiro participaba en el programa. El episodio se llama “Uno de Cada Cinco” Y vi la mitad del episodio ayer y hoy la otra.  Y bueno, me he dicho, “deja de darle vueltas, escríbelo, como te salga, escríbelo, publícalo y ya está, hazlo”. Y aquí lo tenéis.

Así que, aquí estoy, deprimido. Escribiendo que estoy deprimido. Que estoy trabajando para curarme, estoy descansando, paseando con mi perra, escribiendo mi bullet journal (véase la fotito), retomando el japonés, la música, recordando y volviendo a acariciar las cosas que me hacían sentir vivo y con las que, de alguna manera, había perdido el contacto.

Estoy bien. Esto es una carrera de fondo, y sé que no estoy curado y que me va a tocar seguir lidiando con muchas cosas. Pero soy afortunado por tener cerca de mí a mucha gente muy especial que me quiere y que se preocupa por mí y que me ayuda con todo esto. Por esto sé que estoy bien, porque sé que tengo ayuda y que voy a salir de esta, otra vez.

Pero hay mucha gente que se siente muy sola, que se oculta, que no sabe cómo gestionar sus emociones y que tiene que sufrir muchas cosas. Así que, no sé, simplemente, si estáis leyendo esto, si en cualquier situación, tenéis que escuchar la típica conversación en que se pone en duda cómo o cuánto de deprimido está un compañero de curro que está de baja, o estáis tomando unas cervezas y alguno de vuestros amigos hace el típico comentario de listillo tipo “lo que tiene que hacer es dejarse de tonterías y salir” (o derivados). Los que siempre tienen algo que opinar porque alguien vaya al psicólogo o tenga que tomar medicación. O cualquier comentario por el estilo. Estaría bien que les recordaseis que una persona deprimida es una persona enferma, como la que tiene una hernia, diabetes, cáncer o hipertensión. Y que, si no van a aportar nada productivo, quizá primero deban informarse y, cuando puedan ser de ayuda, actuar. Seguro que sus amigos/familiares deprimidos se lo agradecerán.

Y por último, de nuevo, gracias a todos los que estáis conmigo y os preocupáis por mí y me dais vuestro cariño, esté o no esté deprimido. Sois el otro motor que me mueve a salir de esto.

Un beso gordo.

 

.C.

 

Si alguien quiere verlo, el episodio de Salvados está aquí.

 

 

 

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8 comentarios en “Soy uno de cada cinco.

    • Hola! Cada día un poquito mejor. De eso se trata de actuar y trabajar a diario, babysteps, como dicen en inglés 🙂
      gracias por tu comentario!

  1. Hola, no te voy a mentir, he llegado a este espacio por la foto, soy una obsesionada con los artículos de oficina que en cuanto la mire quise ver de que se trataba, y ¡oh sorpresa!, encontré oro puro en el contenido de tu artículo. Nunca he experimentado la depresión como tal, pero actualmente estoy pasando por un momento en que me siento perdida en el mundo. Estoy todo el tiempo dispersa, pensando en las cosas que añoro y sintiéndome mal porque no las he conseguido aún, anhelando otra clase de vida, y luego reprochándome lo desagradecida que soy por no valorar esta que tengo. Echándome a llorar en las noches a veces sin motivo aparente, y luego levantándome entusiasmada y armando un millón de planes para mejorar mi vida, para entonces irme a dormir igualmente frustrada que el día anterior. Pero entonces he leído tu artículo y me encanta como asimilas el que estas deprimido, y me doy cuenta de que eso es lo que a mi me falta, admitir que no me estoy sintiendo bien y dejarme de dar la lata por querer forzarme a estarlo. Sé que este momento pasara, estoy convencida, pero mientras tanto, quizá debería relajarme y aceptar finalmente que no estoy del todo bien, al menos así estaría sintiéndome más libre.
    De cualquier forma, recibe un abrazo mío en donde quiera que te encuentres. Desde las áridas tierras de Chihuahua, México.

    • Hola!
      Estar triste es algo lícito y necesario. Estar deprimido es estar enfermo. A veces es muy complicado saber diferenciar entre una cosa y la otra. A mí también me pasa mucho eso de querer hacer mil cosas y acabar frustrándome. Te recomiendo echar un vistazo a esta página web: http://www.psicosupervivencia.com
      Es el blog de una amiga mía psicóloga, Marina, y tiene entradas muy buenas en su blog acerca de marcarse objetivos en la vida y trabajar y vivir acorde a tus propios principios. Y también te recomiendo el libro “La Trampa de la Felicidad”, es un libro muy bueno acerca de esta felicidad auto-impuesta en la que vivimos constantemente.
      Un beso grande desde el frío enero de Madrid ;).

  2. Lo que te está ocurriendo simplemente es humano, y TODOS pasamos por estos baches, absolutamente todos. Vivimos unos tiempos en los que estamos obsesionados en mostrar vidas de portada de revista, pero en esas vidas también hay mierda debajo de la alfombra. Tú has mirado tu casa interior y has decidido abrir las ventanas, levantar la alfombra, dejar que la mierda salga a flota y limpiar lo que haga falta, eso amigo mío, es muy respetable y honorable y quien no lo entienda no merece que agaches la cabeza porque mierda tenemos todos y cada uno de nosotros.

    Tú y yo sabemos por algunas de nuestras divas que de los peores momentos salen las mejores genialidades. Hazte un Velvet Rope con la vida.
    Te estimo y sé que saldrás reforzado de esta etapa.
    Óscar

  3. Pingback: Lo mejor de enero y febrero 2018. | KAPERUCITO

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