Felisa

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La vida de Felisa no fue fácil. Fue, como muchos de los de su generación, una de esas niñas que tuvieron que empezar a trabajar con poco más de 10 años y que tuvieron que irse fuera de casa poco antes de cumplir los 15. Apenas fue al colegio y tuvo que aprender a leer y escribir por su cuenta.

jA veces tengo la sensación de que la conocí cuando ya se había desencantado de la vida.

Felisa apenas se permitió tener lujos, caprichos o se dio atención a sí misma durante el tiempo que la conocí. Quizá el único capricho que se dio fue el tabaco. Kaiser. Ese tabaco negro que tanto odié y que tan compulsivamente fumaba, casi uno detrás de otro.

Era orgullosa, mucho. De ese orgullo un tanto insano; el que no te permite reconocer un error o pedir perdón. Esa es una de las cosas que menos me gusta haber heredado de ella. Estoy consiguiendo corregirlo, aunque me ha llevado casi 30 años hacerlo.

Siempre caía bien, y tenía el don de ser muy divertida, con todo su amargor. El amargor que conocíamos los que vivíamos con ella. En su capilla ardiente recuerdo a mi prima Natalia llorando desconsolada mirando a través del cristal. A mí me conmovió mucho; ver a una niña de apenas 15 años llorando así por su tía. Mi tía me dijo “quería mucho a tu madre”. Esa era una de sus virtudes, se hacía querer.

Supongo que es algo que nos pasa a casi todos, ¿no? Tu madre tiene el don de sacarte de quicio y sin embargo, a todos tus amigos les cae bien y tú no entiendes nada y te cabrea. Y luego ves lo bien que te caen los padres de tus amigos y lo mal que ellos les tratan y te sientes incómodo y violento. Porque no entiendes que les traten así y porque te das cuenta de que tú tratas igual a los tuyos. Luego pasan los años, las piezas encajan, te haces mayor, entiendes lo que eras como adolescente y entiendes que tus padres simplemente lo hacían lo mejor que podían. Y por eso tu madre caía bien a tanta gente.

Y eso te lleva a preguntarte cómo te llevarías ahora con ella si estuviese viva.

Cuando le dije que era gay, le jodió. No le hizo gracia. Era muy conservadora y ya lo dije: muy orgullosa. No iba a permitirse mostrar debilidad. Su respuesta fue “¿y a mí qué?” Como si no fuera con ella. Luego, en nochebuena, invitó a “mi amigo” a pasar la noche con nosotros. Así era ella, era su manera de mostrarte que, en el fondo, te aceptaba y te quería como eras. Tenía esa forma silenciosa de decirte “ya estamos bien”.

Quizá ese amargor que conocimos venía derivado de todos esos sacrificios y de privarse de tantas cosas: Nunca cogió un avión. Nunca viajó fuera de España. Apenas vio el mar. Siempre se vestía con nuestra ropa cuando dejábamos de ponérnosla. Al final quizá se creó una burbuja, con su casa, sus tareas, su tabaco y su día a día. En la que su orgullo le impedía dejar entrar a nadie y en la que nuestro orgullo nos impedía querer entrar. A veces parecíamos 5 desconocidos bajo el mismo techo.

Por eso nunca supe qué se le pasaba por la cabeza cuando le diagnosticaron el cáncer hace 18 años. Había enterrado a su padre y a su hermano, por culpa del cáncer. Cuando 3 años después empezaron a venir los paliativos a casa la escuché decirle por teléfono a su amiga Jacinta “están viniendo los paliativos a casa, eso significa que ya no hay nada que hacer”. Soltando una risita apagada, intentando darle la mayor levedad posible a lo que acababa de decir. Felisa, siempre sacrificándose, siempre dejándose a sí misma para el final, siempre ocultando el dolor.

Eso es algo que también hemos aprendido muy bien de ella.

Yo tenía 18 años y estaba muy atolondrado cuando le diagnosticaron su cáncer de mama. Yo sí estaba dándome caprichos y poniéndome el primero en la lista. No fui muy consciente de todo, la verdad. Tampoco sé muy bien hasta dónde me estaba permitiendo serlo.

Cuando Juan me dijo que no quería tener nada serio conmigo me derrumbé. Me mandaron del trabajo a casa porque sólo lloraba y lloraba. Ella entró en mi cuarto, con su cigarro, se quedó de pie, abrazándome mientras yo seguía llorando sentado en mi cama. Me preguntó qué pasaba, le dije que mi novio y yo habíamos roto.

— “¿Tiene remedio?”

— “no”

— “Pues lávate la cara y ven a la cocina a ayudarme a cortar judías” (otro movimiento silencioso, marca de la casa).

Después, cuando fuimos al médico y le dije que no podía dejar de llorar, ella le explicó que le habían diagnosticado un cáncer, que no creía que fuera a curarse y que yo era muy joven. Yo me avergoncé.

Era uno de esos pocos momentos en que mi madre se permitía bajar la guardia, por mí. Y yo estaba ahí, permitiéndome perder los nervios por un tío.

Luego, tuve que cuidar de ella y tomé toda la consciencia que se puede tomar de la enfermedad. Toda la consciencia que te puede dar tener que hacerte cargo de la casa, tener que ayudarla a ir al baño, tener que ayudarla a caminar cuando ya no podía, o tener que vestir su cuerpo muerto cuando venían del seguro para llevársela al tanatorio.

Un intensivo de consciencia.

Felisa tuvo que padecer la enfermedad que mató a su padre y su hermano. Estando enferma tuvo que meter a su madre demenciada en una residencia y probablemente tuvo que asumir que esa había sido su despedida. Las dos enfermas y dejándose atrás para, quizá, no volver a verse. Felisa No conoció a sus nietos, no fue a la boda de su hija y tuvo que marcharse de este mundo sin haber llegado ni a los 60.

Hace años cogí el coche y fui con Miguel al pueblo. El pueblo en que nació y se crió y en el que mis hermanos y yo pasamos todos nuestros veranos. Desde que la abuela fue a la residencia la casa había estado cerrada, durante muchos años. El tejado se estaba viniendo abajo. Pero quería entrar y ver cómo estaba todo. Las telarañas se habían adueñado de los rincones, los cuadros y las fotos seguían ahí, cubiertos de polvo, todo parado en el tiempo. Pasé al baño y ahí encontré el bote eterno de laca Nelly de mi abuela y un cenicero. Un cenicero con una colilla, una colilla de Kaiser, inmaculada, entera, y me eché a llorar.

Por lo irónico y lo macabro que puede ser que una colilla que no se ha alterado en más de 10 años te de un bofetón sobre lo temporal y breve que es la vida, sobre lo que puedes echar de menos a una persona, hasta a su odioso tabaco, y sobre cómo nuestras vidas siguen y siguen y caminamos hacia adelante, aunque nuestros recuerdos puedan estar anclados a una casa, o incluso una colilla.

Un beso, mamá.

3 comentarios en “Felisa

  1. Simplemente precioso. Estoy seguro que Felisa se sentiría enormemente orgullosa de este homenaje tan sincero, de este recuerdo tan lúcido y de unas palabras que muestran tanto amor y cariño. Un abrazo kaperucito 🙂

  2. He leído tu pequeño homenaje a tu madre y me han venido millones de recuerdos a la mente.

    A veces cuando salgo a la terraza a tender la ropa y miro a la derecha puedo ver la terraza de la casa en la que está hecha la foto del post y creo que independientemente de los inquilinos actuales, para mí siempre es tu casa, la casa de Felisa. Recuerdo su eterno olor a tabaco, recuerdo verla tender la ropa y llamarte mientras debías estar en la habitación escuchando a Janet, Mariah o alguna de las divas del momento.

    Supongo que yo no le gustaba mucho pero siempre me trató bien y el día que me enteré de su marcha me causo mucha tristeza por ti, porque aunque nuestras vidas vayan divergiendo y no nos hayamos visto en años, siempre serás esa persona con la que me introduje en la vida adulta (por decirlo de alguna manera), eres una de las raíces de la historia de mi vida y saber el momento tan duro que estabas pasando fue triste aunque no tuviéramos una relación estrecha en aquel momento.

    Cuando era más joven quería cambios constantes, cambios radicales, renovaciones, etc…, pero con la madurez es lo que más odio, esa sensación de vivir constantemente a caballo con la vida sin saber muy bien a quién o qué vas a tener que enfrentarte cada día, y lo que más odio es esa sensación de Limbo en la que me quedo cada vez que tengo que despedir a alguien de mi vida, y curiosamente al leer tu post, me han venido a la cabeza miles de recuerdos del Parque Castilla y sus vecinos, los cuales van desapareciendo como si los fueran borrando con una goma Milan, y con cada borrado, desaparece un trazo de la vida que pensaba que controlaba y en la que todo era eterno, en la que siempre bajarías a la perra y te sentarías con Sonsoles, Gloria y Felipe en un banco, en la que tu madre te llamaba para que subieras a casa, en la que mis vecinas se sentaban en el banco a comer pipas, en la que compramos chucherías en la tienda de Pedro o en el kiosco, en la que iba a comprar a Dávila y en verano nos reuníamos para ir a la piscina o bajar al parque después de cenar.

    Nuestros padres se sacrificaron, renunciaron a muchos sueños y se conformaron con cosas simples por darnos lo más importante: FELICIDAD.

    Siento si me he puesto un poco ñoño, pero leerte ha despertado muchos recuerdos y añoranzas.

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